domingo, 15 de julio de 2012

Libro: Medio milenio de discriminación...


Hace no mucho descubrí un libro viejo, editado el año 2000; pero que – al parecer – no ha gozado de mucha difusión. Sin embargo, sé que se encuentra en las Bibliotecas de los Centros Culturales Municipales, o sea, que a si usted le interesa enterarse o proveerse de algunos argumentos para defender nuestra causa, pues, puede acercarse a una de ellas.

Se trata de Medio milenio de discriminación al Pueblo Mapuche, de Luis Vitale. Es un ensayo que presentó a un concurso que ganó entre otros también notables, al decir de la nota de El Jurado que aparece en la contraportada. Se trata del Premio Alerce “Oreste Plath” (1999), entregado por la Sociedad de Escritores de Chile.

Se inicia este ensayo con una presentación breve y enseguida sus partes o – ¿podríamos llamar? – capítulos.

I Los primeros Mitos: En él se refiere al denominado descubrimiento de América, como un mito creado por los “colonialistas ibéricos” con el propósito de “encubrir” la historia. Dice en uno de sus párrafos “Colón no descubrió nada, como tampoco los portugueses, franceses, ingleses y holandeses descubrieron las culturas primigenias de Asia, África y Australia. Si posteriormente se inventó el mito de que los europeos “descubrieron” América y otros continentes fue por una razón recargada de ideología para justificar la conquista.

II Los orígenes de la Cultura Mapuche.

III ¿De qué Día de la Raza nos hablan?: otro mito al decir de Vitale “fabricado en función de los intereses expansionistas de Europa” con el propósito de “establecer la superioridad de la raza blanca sobre la indígena y negra”.

IV Un intento por minimizar la trascendencia de la guerra de resistencia del pueblo mapuche. En esta sección hace mención a la corriente historiográfica que asegura que durante los tres siglos de confrontación a España, en realidad no hubo tal, sino más bien largos períodos de coexistencia pacífica. Vitale expone una serie de sucesos que demuestran lo contrario, con cita a diversos autores.

V La llama “Pacificación de la Araucanía. Expone aquí con datos documentados el por qué “Este proceso, () no tuvo nada de pacífico”.

VI El despojo de las mejores tierras. Expone aquí las consecuencias que tuvo la derrota de nuestros antepasados contra el Estado chileno y su ejército. Ésas son las que vivimos o padecemos en la actualidad.

VII El proceso de radicación, las leyes indígenas y la parcelación de las tierras comunitarias. Se refiere al proceso de radicación, sus consecuencias, y a otros muy importantes de conocer por cualquier peñi o lamgen joven, para de ese modo documentarse y “tener tema” a la hora de hablar de nuestra condición mapuche. Entre ellos, sucesos acontecidos en los años 20 y 30 del siglo pasado, las primeras organizaciones mapuche en los centros urbanos, la proclamación de la República Indígena en 1932, el rol de algunas mujeres mapuche, los gobiernos radicales, planteamientos de la CUT (de Clotario Blest)…, la Reforma Agraria de los años 60, el gobierno de Allende, el golpe militar y el decreto 2568. Al final hace un breve comentario acerca de los datos mostrados por los censos.

VIII Una voz mapuche esclarecedora. Particularmente hace mención de la Aukiñ Wallmapu Ngulam Tuwvn.

IX Los temas troncales planteados por el movimiento mapuche. El concepto de Pueblo-Nación, el de identidad, tierra y territorio. Este capítulo incluye una sección denominada “Hacia una nueva Relación con los mapuches”.

X Fases de la lucha durante la década de 1990. Una breve revisión sobre lo acontecido en esa década tan determinante en que se instala la Concertación por la Democracia para fortalecer el proyecto económico neoliberal y la instalación de la CONADI como organismo al servicio del Estado.

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Se trata de un libro pequeño, fácil de leer. Pienso que una persona con ritmo de lectura mediano puede demorar unos dos días. Alguien competente en lectura, podrá hacerlo en una sola tarde.

Me gustaría recibir algún día alguna impresión al respecto o recomendaciones de lectura relacionadas con lo mapuche.

Ya he dicho antes: hermano, hermana, si hemos aprendido a hablar y a leer en castellano, pues entonces utilicemos esa herramienta a nuestro favor; emulemos a nuestros antiguos guerreros que adoptaron las armas y el caballo español para resistir. Leamos en castellano aquello que nos aporta para comprender los procesos que explican el momento que vivimos como pueblo. Hágase protagonista, no se quede con lo poco o casi nada que la escuela chilena nos ha entregado.

Aquí les entrego un par de páginas del mencionado ensayo del señor Vitale, con el que usted puede tener más de una diferencia; pero, dígame – francamente – si alguna vez ha encontrado información como esta en alguno de los libros que leyó en el liceo o en la universidad.

OTRA BARRABASADA: MAPUCHES “FLOJOS Y BORRACHOS”

Todavía se oye decir por una parte apreciable de nuestra población que los mapuches son “flojos”. Como otra de las tantas mistificaciones, reflejo del hondo significado discriminatorio, cabe preguntarse desde cuándo se gestó tamaño des-calificativo.

Está demostrado por la mayoría de los historiadores que los principales centros de riquezas auríferas eran trabajados por los mapuches. Entusiasmados con estos hallazgos, un cronista reflexionaba acerca de “si había de haber tantos costales y alforjas en el reino que pudiesen echar en ellos tanto oro”. Y ¿quién, pues, hacía el trabajo de recoger y echar en las alforjas tanto oro? No precisamente los españoles.

Entonces, Pedro de Valdivia partió al sur, donde encontró otro “El Dorado” en las aguas del Bío-Bío. Si sólo llevaba dos mineros de profesión –Diego Delgado y Pedro de Herrera- no cabe la menor duda de que los mapuches fueron los que hicieron el trabajo de recolección de oro que nadaba en Talcamávida y Quilacoya.

Comentaba Alonso de Góngora y Marmolejo en su Historia de Chile –publicada en 1865 por la colección de Historiadores de Chile, tomo 6, p. 144- contaba en 1553 que cerca de Concepción “pasaban de veinte mil los (indios) que venían a trabajar por sus tandas acudiendo de cada repartimiento una cuadrilla a sacar oro para su encomendero. Fue tanta la prosperidad de que se gozó en ese tiempo, que sacaban cada día pasadas de doscientas libras de oro, lo cual testifica el autor como testigo de vista”. Por algo Villa Rica, fundada en 1552, tiene ese nombre.

Refiriéndose a ella, Diego de Rosales decía en sus Flandes Indiano que “los indios eran muchos y de buenos naturales, las minas riquísimas, pues se hallaban granos de doscientos pesos, y de las otras ciudades venían los indios a ésta a sacar oro para dar tributo a sus encomenderos”. Y sigue y suma con el oro del río Las Cruces, en Madre de Dios, con el de Carelmapu en el Canal de Chacao y con el de Osorno, que llegó a tener una Casa de Moneda antes que Santiago a fines del siglo XVI.

La acumulación de capital, generada por el trabajo humano, en este caso los mapuches, prosiguió durante los siglos XIX y XX al verse obligados a vender su fuerza de trabajo en las haciendas que los expropiadores levantaron en sus tierras, en las de la zona central e, inclusive, en las fábricas emergentes del proceso de industrialización de la década de 1930 hasta el presente, donde entregaron una cuota de plusvalía absoluta aún no evaluada.

La respuesta a la pregunta acerca de quiénes trabajaron para acumular tanta riqueza es obvia. Entonces, uno se hace otra pregunta: ¿por qué nunca se sacó la cuenta de la riqueza entregada por los mapuches con su trabajo? Porque hubiera quedado de manifiesto que el calificativo de “flojos” no le calzaba a los mapuches.

En cuanto a la otra barrabasada, que livianamente los señala como “borrachos”, convendría recordar que los colonialistas introdujeron el alcohol, tratando de marear con aguardiente a los mapuches para que bajaran la guardia en los combates. Los mapuches no eran un pueblo guerrero desde sus orígenes hasta la invasión incaica. No existen pruebas de que así fuera, pues la arqueología ni la ciencia histórica han detectado que los mapuches hubiesen conquistado y dominado comunidades de un lado y otro de la cordillera de los Andes.

Los mapuches comienzan su largo camino de lucha violenta con la única finalidad de defenderse de la invasión incaica, y lo hacen tan bien que obligan a la avanzada de los incas a detener su avance hacia el sur. La prueba es que no existen indicios de dominación incaica sino solamente hasta la zona central del actual territorio chileno. Tampoco hay pruebas de que ese supuesto “pueblo guerrero” haya intentado conquistar y dominar pueblos originarios en el lapso transcurrido entre la invasión incaica y la conquista española.

Informados de la entrada de los conquistadores, comandados por Diego de Almagro, y de la rebelión de Michimalonko y otros pueblos originarios del norte y del valle central, los mapuches comenzaron a prepararse para rechazar a los españoles. La historia de los levantamientos generales de Lautaro, Pelantaru y otros lonkos durante el período colonial es ampliamente conocida, así como la capacidad guerrera del pueblo mapuche para mantener a raya a los españoles.

De ahí, comienza a fabricarse la versión de que los mapuches han sido siempre un pueblo guerrero. La verdad es que los mapuches se vieron obligados a luchar para defenderse de los conquistadores, para no ser exterminados, como había sucedido con otros pueblos americanos.

La tenaz y prolongada resistencia fue también para defender su territorio, sus costumbres y el derecho a vivir libremente en su hábitat.

El estudio comparativo de la resistencia aborigen a la conquista, muestra que los mapuches fueron los que mayor resistencia opusieron a todos los pueblos originarios de América, además de los Cañari del sur ecuatoriano. En carta de 1664 al rey de España, Jorge Leguía y Lumbe informaba que en Chile “hasta entonces habían muerto en la guerra 29.000 españoles y más de 60.000 auxiliares” (carta reproducida por Ricardo E. Latcham: La capacidad guerrera de los araucanos, p. 39, Santiago, 1915). A fines del siglo XVI, Felipe II se quejaba porque la más pobre de sus colonias americanas le consumía “la flor de sus guzmanes”.

En esta guerra de carácter defensivo, los mapuches crearon formas inéditas de lucha, como la combinación de la guerra de guerrillas con la guerra móvil, hecho no por casualidad poco difundido y menos estudiado, a pesar de ser latamente descrito por los atónitos cronistas.

Una de sus tácticas más notables fue el empleo de líneas de resistencia o fortificación a retaguardia, utilizada por los españoles no para combatir sino para descansar. Crearon un sistema comunicación mediante señales de humo, una especie de telégrafo sin hilos, que los españoles no podían detectar y menos comprender el secreto por el cual los mapuches estaban tan bien informados de los avances y retrocesos de su ejército. Asimismo, adaptaron el caballo, introducido por los españoles, a las necesidades del combate; usaron tácticas de mimetismo[1] y contraespionaje.

Construían empalizadas[2] en los alrededores de los poblados o entre una y otra ciudad para cortar las comunicaciones de los enemigos, como el “pucará” de Quiapo entre Cañete y Concepción; cavando grandes pozos, camuflados, que llenaban de estacas, distintos a los pozos utilizados por las legiones romanas contra la caballería. Su uso contra la infantería fue una creación mapuche, según los expertos en estrategia militar.

Los mapuches también crearon la infantería montada, que les daba una gran movilidad, con capacidad para dar batallas y retirarse cuando lo estimaran más adecuado. Precisamente, la infantería montada fue uno de los puntales de la guerra de guerrillas combinada con la guerra móvil, que a su vez estaba coordinada con rebeliones de sus hermanos explotados en las encomiendas.

Los versos de Alonso de Ercilla, especialmente el canto 23 de La Araucana, condensan la creatividad combativa de los mapuches: “Dejen de encarecer los escritores a los que el arte militar hallaron, ni más celebren ya a los inventores que el duro acero y el metal forjaron, pues los últimos indios moradores del araucano estado así alcanzaron el orden de la guerra y disciplina que podemos tomar dellos dotrina.

¿Quién les mostró a formar escuadrones, a representar en orden la batalla, levantar caballeros y bastiones, hacer defensas, fosos y muralla, trincheras, nuevos reparos, invenciones, y cuanto en uso militar se halla, que todo es un bastante y claro indicio del valor desta gente y ejercicio?”.

La imagen de los mapuches como “pueblo guerrero” fue, contradictoriamente, difundida en la segunda mitad del siglo XIX por los militares victoriosos en la Guerra del Pacífico, al decir con orgullo que su espíritu guerrero, capaz de derrotar a los ejércitos peruano y boliviano, tenía como ancestro a los mapuches, a ese pueblo guerrero que durante siglos puso en jaque a las tropas españolas.

Esta versión se fue haciendo tan generalizada que en 1944 un alto oficial, llamado Indalecio Téllez C., publicó un libro titulado Una Raza Militar, donde puso de manifiesto la capacidad guerrera de los mapuches, fuente de inspiración del “espíritu guerrero de los militares chilenos, demostrado en mil combates”.

Eso mismo me dijo en el Campo de Concentración del Estadio Nacional en octubre de 1973 un oficial que me interrogaba, bajo tortura: ¿sabe usted, prisionero de guerra, a qué se debe el triunfo tan rápido del pronunciamiento del 11 de septiembre? A que somos una raza militar, como los mapuches…

Esos mapuches tan elogiados por su espíritu guerrero fueron, bajo la dictadura de Pinochet, masacrados y discriminados precisamente por los susodichos “herederos de la raza militar mapuche”.

Vitale, Luis. Medio milenio de discriminación al Pueblo mapuche. Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 2000. p. 24-29.



[1] A propósito, mi tía Guillermina Quintupill me relató que a su vez su padre – mi abuelo – le narró que en nuestra zona se construyeron escondites subterráneos para guarecer a los más débiles (mujeres y niños).
[2] Esta práctica también se habría utilizado en el siglo XIX, en nuestra zona, para protegerse del ataque de chilenos. En este caso específico, para proteger las casas. (Narración escuchada a mis padres).

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